Después de una ducha reconfortante fui a desayunar a un puesto callejero tomé un camión (autobús) para Chimaltenango y desde ahí otro hacia Los Encuentros. Por esta carretera se pueden divisar las dos vertientes. Una al Pacífico y otra al Atlántico, y si no hay niebla te puedes quedar maravillado por las increíbles panorámicas.
El autobús era estupendo, el mejor que había tenido en Guate, aunque me tuve que sentar en un bote de pintura vacio, puesto al reves, en el pasillo junto con otros gringos. Menos mal que tuve asiento y no muy incómodo.
Otro camión hacia Chichi y este sí que es incomodísimo pues va a tope y tengo que estar encorvado ya que el techo es muy bajo, lleno de indios y los blancos brillan por su ausencia.
El cobrador hizo levantarse a un niño indio del asiento para que me sentara yo y, aunque yo no quería, el niño (escuincle) insistió. Se sentó en el suelo, se apoyó en mi pierna y se puso a dormir. A mi lado había también una niña que cabeceaba, me sonreia y dormía.
¡Qué buena gente son y qué poquita maldad tienen los indios! y casi nadie habla castellano.
El trayecto fue corto y precioso. Magníficos paisajes, enormes acantilados, espesa vegetación, curvas muy cerradas y sin visivilidad. Estos conductores realmente son unos expertos para conducir por estas peligrosísimas carreteras. Lo malo es que les gusta jugar a las carreras entre ellos.
Por fin llegamos a Chichi enteritos. Puff!
Estas palabras en cakquiché las aprendí por el camino.
Gracias Maltiosh
Buenos días Escarric
Agua Ja
Tonto Moshia
A las 7:30 ya me encontraba en el puerto de Panajachel, también llamado grigotenengo, donde compré un boleto para darle la vuelta al lago en barca. Como tardaba en llegar, dejé mis bártulos y fui a desayunar cerca. Pero cuando vuelvo, la barca ya se había ido y llevado mis cosas. Siento enfado y preocupación al mismo tiempo, pero al poco rato se acerca otra embarcación que se había dado cuenta del incidente y me lleva hasta el próximo pueblo donde el piloto de mi embarcación estaba desayunando.
Resuelto el incidente iniciamos el viaje por los doce pueblos, los cuales tienen el mismo nombre que los doce apóstoles del evangelio.
Es una verdadera preciocidad este trayecto. Casas asomándose al lago, gente paseando por la montaña, otros pescando, algún río que desemboca y, sobre todo se respira un aire limpio y cómo no, una quietud absoluta que hace sumirte en tus propios pensamientos.
Nada incordia este momento en el que te encuentras. No existe ni tiempo ni distacia entre tú y la eternidad. Eres el dueño absoluto de tu vida y de tu alma. Es magia, créeme este lago es Mágico.
Santiago es un pueblo muy pintoresco donde hoy se celebra mercadillo. Hay un montón de turistas, pero yo me mezclo entre los indios. Hay muchas mercancías que se venden o se cambian. Ropas de diversos y vivos colores, huaraches, sarapes, collares, manteles.
Los bancos tienen más policías dentro, armados hasta los dientes, que clientes. Gringos greñudos ofreciéndote droga, algunos de ellos te piden dinero. Cosa que no suelen hacer los indios.
Ya por la tarde volvemos a Panajachel por el centro del lago, pero antes de salir, unos niños y niñas me tocaban el pelo y la espalda, hablaban entre ellos en su idioma y se reian y volvían a reir. No me supo mal pues no lo hacían con malicia, y el resto de los turistas de la barca tamíén eran complacientes.
Me llamó bastante la atención que en cada pueblo la gente se viste diferente. Aquí he visto hombres vestidos con falda de varios colores y lo más chocante fue ver niñas que ya son madres y otras embarazadas.
Una vez en Panajachel me dirijí a un puesto de comidas que se llamaba humo en tus ojos. Y realmente era así. Todo el humo de lo que estaban cocinando se te iba a los ojos. Me comí un estupendo plato de frijoles con carne de puerco y en esos momentos se acerca un niño vendiendo collares y presumiendo que él habla más castellano que su mamá y que quiere que le enseñe inglés. Hablamos un ratito le invité algo de comer y beber y adiós. Entrañable.
Después un paseito por los pubs y el pueblo, y a dormir. Me lo merezco.
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En Chichicastenango saqué varias fotos de las dos iglesias que hay en la plaza y, al ser domingo, queman copal en las escalinatas en recuerdo de sus antepasados y conectar con sus dioses. Crucé el humo para que me proteja a mí también de los malos espíritus, mas no quise entrar en la iglesia pues me pareció que no era procedente ya que ningún turista lo hacía y yo no iba a ser la excepción.
Más tarde, por la calle pasó una comitiva de sacerdotes o chamanes ataviados con trajes típicos y bastones de mando, seguidos por un grupo de indios portando una especie de ataúd en hombros. Pude sacar unas fotos desde atrás para no incordiar.
Aunque parece que no les moleste la presencia de los turistas a los chamanes, pensé que no sería correcto fotografiarles de frente. Para ellos, esto no es una atracción turística.
Más tarde vi una peregrinación de indios con máscaras de los antiguos españoles con barbas, bigotes y armaduras representando a Maximón, personaje de origen ambiguo. Es una manera de representar su conquista y colonización por los españoles. Lo más triste fue ver cómo los ladinos se reían de ellos cuando éstos pasaban. Qué poca madre¡
Esperé un camión para ir a Santa Cruz de Quiché, pero todos iban a tope. Entonces se me ocurrió la gran idea de viajar en una camioneta (pick up). Dicho y hecho. Subí el primero a una por 2.5Q, me coloqué en la parte de atrás, al aire libre, y enseguida se llenó de indios y yo era el único pasajero blanco.
El viaje fue inolvidable. El aire frío en la cara, se ve mejor el campo y los paisajes. Es como ir en lancha pero por carretera. Más tarde nos tuvimos que agachar todos pues el frío era inaguantable.
Yendo de camino, otra camioneta nos quiso adelantar, pero nuestro chofer no se dejaba, lo volvía a intentar y el nuestro aceleraba, hasta que lo consiguió. Pero a la primera que pudo el nuestro, lo pasamos y, entonces se picaron.
Después de jugar todo el tiempo a las carreras y no dejándole pasar al otro, pues el nuestro se le cerraba cada vez que lo intentaba, y eso que cada vez íbamos más lento, tanto que un niño con bicicleta nos pasó, llegamos a Quiché.
Nuestro chofer bajó de la furgoneta con una sonrisa de oreja a oreja satisfecho de esta gran hazaña conseguida. Qué mierda!
Empecé a vagar por el mercado del pueblo de quiché y entonces vi una iglesia de culto nuevo, de esas que proliferan por EUA, con cánticos modernos, banda de música, gritos y alaridos. La gente se movía como si estuvieran poseídos dando vueltas y más vueltas con los brazos levantados mientras el reverendo arengaba a los presentes gritando hasta la afonía Dios es nuestro Salvador y otras cosas por el estilo. La música no dejaba de sonar, sino que cada vez sonaba más fuerte. Órgano, trompetas, guitarras.
Yo estaba en la puerta y me invitaron a entrar por el megáfono, entonces me marché de este lugar. Me pareció escandaloso.
Después de cenar pasé de nuevo por ahí y aún seguían con los gritos.
No he visto un pueblo tan sucio en todo el viaje como este lugar. Hay borrachos por la calle, suciedad por doquier, poca simpatía de la gente. Una mujer mayor me tiró trozos de naranja mientras me dirigía al hotel. Aquí no hay indios o no se ven, lo que predominan son los ladinos. Si podéis no paséis por aquí.
He llegado a la conclusión que cuanto más mestizados están los pueblos, más cabronamente se portan con sus semejantes. Además he notado que hay una jerarquía establecida: cuanto más blanco eres, más alto estás en el escalafón. El ladino discrimina al indio y el blanco a los dos. Y según su grado de mestizaje.
Hay algunas cosas que te echan pa tras en Guate. Una es la discriminación y el poco respeto con sus semejantes, y la otra son los olores aunque al final te acostumbras a esto último. Aún así, hay que ver Guatemala.
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